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Sesión 23 de 30 77%

Capítulo 8 · De la cabeza al método

Los sesgos que más caro salen

· · · 17 min de lectura

La narración llega más adelante. Por ahora el curso es texto, y el texto está completo.

Todo lo que has leído hasta aquí funciona en una hoja de cálculo. El problema aparece cuando hay dinero real en juego y quien decide es una persona. Estos cinco patrones están documentados sobre cuentas reales, le pasan a casi todo el mundo, y saber sus nombres no basta para evitarlos.

Por qué vendes lo que sube y aguantas lo que baja

Es el patrón mejor medido de todos y tiene nombre propio: efecto disposición. Consiste en cerrar las posiciones que van bien y conservar las que van mal, que es exactamente lo contrario de lo que la aritmética del capítulo anterior recomienda.

La medición

Terrance Odean, de la Universidad de California en Berkeley, analizó 10.000 cuentas de un gran bróker de descuento estadounidense entre 1987 y 1993, y publicó el resultado en 1998 en The Journal of Finance.

Midió dos proporciones sobre cada cuenta:

  • De todas las ganancias que un inversor podía materializar en un momento dado, materializó el 14,8%.
  • De todas las pérdidas que podía materializar, solo el 9,8%.

El ratio entre las dos supera el 1,5. Dicho en llano: una acción que está en ganancia tiene más de un 50% más de probabilidad de venderse cada día que una que está en pérdida.

Odean comprobó además que ese comportamiento no se explicaba por querer reequilibrar la cartera, ni por evitar los costes de operar con acciones de precio bajo. Y no lo justificaban los resultados posteriores: las acciones vendidas seguían subiendo y las conservadas seguían bajando.

Por qué ocurre

Porque cerrar una posición en pérdida obliga a hacer algo muy incómodo: admitir por escrito que la decisión anterior fue mala. Mientras la posición sigue abierta, la pérdida es una posibilidad reversible. En el momento en que vendes, es un hecho.

Vender una ganancia hace lo contrario: convierte una posibilidad en un acierto verificado, y eso se siente estupendamente.

El resultado es el patrón exacto que veíamos en la primera sesión del capítulo anterior: muchas ganancias pequeñas y unas pocas pérdidas enormes, con un porcentaje de acierto alto y una cuenta que baja.

Qué se puede hacer

Nombrarlo no basta. Lo que funciona es quitar la decisión del momento en que el sesgo actúa.

Si el punto de salida está escrito antes de comprar —como planteaba la sesión sobre tamaño de posición—, cerrar una pérdida deja de ser una decisión que se toma bajo presión y pasa a ser el cumplimiento de una decisión ya tomada. No elimina la incomodidad, pero la traslada a un momento en que no cuesta dinero.

Hay un detalle del estudio que conviene recordar aquí: Odean observó que la venta motivada por razones fiscales se concentraba en diciembre. Es decir, la gente sí materializa pérdidas cuando tiene una razón externa que se lo justifica. Una regla escrita cumple exactamente esa función el resto del año.

Por qué cuando aciertas es mérito y cuando fallas es mala suerte

Es la combinación de dos cosas: atribuir los aciertos a la propia habilidad y los fallos a factores externos, y a partir de ahí creerse mejor de lo que se es.

El mecanismo, con dos frases que reconocerás

«Compré bien, vi que el sector iba a tirar.»

«Iba bien hasta que salió esa noticia que nadie podía prever.»

Las dos pueden ser ciertas en un caso concreto. El problema es cuando el patrón se repite siempre en la misma dirección, porque entonces no está describiendo lo que pasó: está protegiendo la imagen que uno tiene de sí mismo.

Adónde lleva

A la consecuencia práctica que da nombre a la sesión siguiente. Si cada acierto confirma que sabes lo que haces y cada fallo fue mala suerte, la conclusión inevitable es que deberías operar más, porque tu criterio funciona y los fallos no eran atribuibles a él.

Esa cadena —atribuir bien los aciertos, atribuir fuera los fallos, concluir que hay que operar más— es la explicación que los propios investigadores dan al fenómeno que veremos en la sesión siguiente con números.

El primo hermano que conviene conocer

Hay un tercer patrón que actúa antes que estos dos y que casi nadie detecta en sí mismo: buscar información que confirme lo que ya piensas y descartar la que lo contradice.

En la práctica, funciona así. Alguien compra una acción, y a partir de ese momento los artículos favorables le parecen bien argumentados y los desfavorables le parecen alarmistas. No está mintiendo: está filtrando sin darse cuenta.

La comprobación que lo detecta es de una pregunta: ¿cuándo fue la última vez que leí algo que me hiciera cambiar de opinión sobre una posición que tengo abierta? Si la respuesta es «nunca», el filtro está funcionando a pleno rendimiento.

Cómo anclas tu decisión al primer número que viste

El anclaje consiste en que un número que has visto antes condiciona tu estimación posterior, aunque ese número no tenga ninguna relación con lo que estás decidiendo.

El experimento que lo demostró

Amos Tversky y Daniel Kahneman lo publicaron en 1974 en la revista Science. Hacían girar una rueda de la fortuna trucada delante de los participantes y después les pedían una estimación sobre una pregunta que no tenía nada que ver con el número que había salido.

Las estimaciones se desplazaban hacia el número de la rueda. Un dato irrelevante, generado a la vista de todos por un mecanismo aleatorio, movía la respuesta.

Cómo aparece con dinero

El precio al que compraste. Es el ancla más potente que existe, y es completamente irrelevante para el futuro. El mercado no sabe a cuánto compraste tú, y a la empresa le da exactamente igual. Y sin embargo esa cifra decide, para mucha gente, cuándo vender.

El máximo histórico. «Llegó a valer 80 €, ahora está a 45 €, está barata.» Ese 80 € es un precio que existió en unas condiciones que quizá ya no existen. La sesión sobre múltiplos ya explicaba por qué eso solo no dice nada.

El primer precio objetivo que leíste. Un analista publica una estimación y ese número se queda pegado, aunque después salgan otras cinco distintas.

La prueba que lo desactiva

Una sola pregunta, y funciona porque obliga a razonar sin el ancla: si no tuviera esta posición y viera esta empresa hoy por primera vez, ¿la compraría a este precio?

Si la respuesta es no, lo único que te está reteniendo es el número al que entraste. Y ese número no forma parte del negocio de la empresa.

Por qué duele el doble perder que ganar

Perder cien euros produce un malestar notablemente mayor que el bienestar de ganar cien euros. No es una impresión: es un resultado central de la teoría prospectiva que Daniel Kahneman y Amos Tversky publicaron en 1979, y explica buena parte de lo que hemos visto hasta aquí.

Qué implica en la práctica

Si el dolor de perder pesa más que el placer de ganar, dos comportamientos se vuelven predecibles.

Aguantar una posición perdedora, porque cerrarla materializa un dolor que se puede posponer. Es el efecto disposición otra vez, visto desde su causa emocional.

Cerrar una ganadora demasiado pronto, porque asegurar el bienestar es más urgente que maximizarlo.

Los dos comportamientos juntos producen exactamente el patrón que Odean midió.

El giro que conviene entender

Aquí hay algo que la teoría prospectiva describe y que resulta contraintuitivo: cuando alguien ya está en pérdidas, su disposición a asumir riesgo aumenta.

Es el mecanismo del jugador que va perdiendo y sube la apuesta para recuperarlo todo de golpe. Aplicado a una cartera, es la persona que tras una racha mala decide concentrar más en una sola idea para volver a estar en verde antes.

Es exactamente el principio contrario al anti-martingala de la sesión sobre tamaño de posición, y por eso aquella sesión insistía en calcular el riesgo sobre el capital actual: para que el tamaño baje solo justo cuando el impulso empuja a subirlo.

Y una consecuencia sobre el propio curso

La aversión a la pérdida explica por qué la matemática de recuperación del capítulo anterior pesa tanto. Una caída del 50% no solo exige un 100% de subida para deshacerse: exige aguantar dentro durante ese proceso, con el dolor pesando el doble en cada mes que pasa.

Ese es el motivo real por el que la mayoría de las carteras que necesitaban un 100% de subida nunca lo consiguieron. No fue que el mercado no se recuperara: fue que la persona vendió por el camino.

Por qué el dinero no tiene compartimentos

La contabilidad mental consiste en tratar cantidades idénticas de dinero de forma distinta según de dónde vengan o en qué cajón mental estén guardadas. El término es de Richard Thaler, y describe algo que la contabilidad de verdad no permite.

Los tres casos que más aparecen

El «dinero de la casa». Alguien gana 2.000 € con una posición y decide arriesgarlos en algo muy especulativo, con el argumento de que «esto ya es beneficio, no es mi dinero». Sí lo es. En el momento en que la ganancia existe, esos 2.000 € valen exactamente lo mismo que los 2.000 € que aportó al principio, y perderlos duele igual al hacer la declaración.

Los cajones incomunicados. Alguien mantiene 5.000 € en una cuenta al 0% mientras arrastra 3.000 € de deuda de tarjeta al 20%, porque los primeros son «el ahorro» y la segunda es «un tema aparte». No son dos temas: es una sola situación financiera en la que se está pagando un 20% por no usar un dinero que no renta nada.

La posición emocional. Las acciones heredadas de un familiar, o las de la empresa donde uno trabaja, se tratan con reglas distintas del resto de la cartera. Son las mismas acciones con el mismo riesgo, y precisamente las que menos se revisan.

La regla que lo corta

Todo tu dinero es el mismo dinero. Un euro ganado especulando, un euro heredado y un euro de la nómina valen exactamente lo mismo y merecen el mismo criterio.

Eso no significa que no puedas separar objetivos: la hoja de perfil del Capítulo 2 hacía justo eso, y con razón, porque el dinero de la entrada de un piso y el de la jubilación tienen horizontes distintos.

La diferencia está en el criterio. Separar por horizonte es planificación. Separar por procedencia, para justificar asumir más riesgo con una parte, es contabilidad mental.

Cómo se encadenan los cinco

Los sesgos no actúan por separado: se alimentan unos a otros en un orden bastante predecible, y verlo entero explica más que verlos sueltos.

Empieza el filtro. Compras algo y a partir de ahí la información que lo confirma te parece sólida y la que lo contradice te parece exagerada.

Entra el ancla. El precio al que compraste se convierte en la referencia contra la que mides todo, aunque el mercado no la conozca.

Actúa la aversión a la pérdida. La posición va mal y cerrarla duele más de lo que aliviaría, así que se pospone.

Y aparece el efecto disposición. Se cierran las ganancias para asegurar el bienestar y se conservan las pérdidas para posponer el dolor. Es la consecuencia de los tres anteriores, no una causa aparte.

El resultado se atribuye mal. Lo que salió bien confirma el criterio propio; lo que salió mal fue circunstancia. La conclusión es que se puede operar más.

Y la contabilidad mental abre la puerta. Las ganancias recientes se tratan como dinero distinto, así que arriesgarlas parece menos grave.

Vuelta al principio, con más dinero en juego.

Por qué esto importa más que la lista. Ninguno de los cinco se arregla conociéndolo, porque todos actúan antes de que haya nada que pensar. Lo que sí funciona es romper la cadena por el único sitio donde se puede: antes de entrar. Un punto de salida escrito antes de comprar desactiva a la vez el ancla, la aversión a la pérdida y el efecto disposición, porque cuando llega el momento la decisión ya está tomada.

De eso van las dos sesiones que cierran este capítulo.

Lo que hay que recordar

  • Odean midió sobre 10.000 cuentas que se materializa el 14,8% de las ganancias disponibles y solo el 9,8% de las pérdidas: una acción en ganancia tiene más de un 50% más de probabilidad de venderse.
  • Atribuir los aciertos a la habilidad y los fallos a la mala suerte lleva directamente a operar más, que es el tema de la sesión siguiente.
  • El precio al que compraste es el ancla más potente que existe y es completamente irrelevante para lo que la empresa vale.
  • Cuando ya se está en pérdidas, la disposición a asumir riesgo aumenta: es justo cuando el tamaño de posición debería bajar.

Relacionado: por qué acertar no es lo mismo que ganar · cuánto arriesgar en cada operación

Fuentes

  1. Odean, T. (1998), '¿Son los inversores reacios a materializar sus pérdidas?', The Journal of Finance 53(5): sobre 10.000 cuentas de un gran bróker de descuento estadounidense entre 1987 y 1993, se realiza el 14,8% de las ganancias disponibles y solo el 9,8% de las pérdidas
  2. Odean (1998): el ratio entre ambas proporciones supera el 1,5, es decir, una acción en ganancia tiene más de un 50% más de probabilidad de venderse cada día que una en pérdida
  3. Shefrin, H. y Statman, M. (1985), primera formulación del efecto disposición
  4. Tversky, A. y Kahneman, D. (1974), 'Judgment under Uncertainty: Heuristics and Biases', Science: formulación del anclaje
  5. Kahneman, D. y Tversky, A. (1979), teoría prospectiva: las pérdidas pesan más que las ganancias equivalentes
  6. Thaler, R., formulación de la contabilidad mental

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